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viernes, 21 de diciembre de 2012

Sopa de piedras, el tiempo es un buen lugar


El tiempo es un buen lugar. Los sueños, dormida, traen ideas que se forjan sin mi consentimiento, espera, no es así, se tejen con sentimiento y con todas las vivencias atrapadas en la mente. En mi sueño, alguien me decía que el tiempo es un buen lugar, y soñando despierta me parece una buena imagen, el tiempo como lugar. Escribiendo líneas cada día, eso hago, dar saltos en el tiempo, dar saltos de lugar a lugar, de momento a momento. Hay una canción que nos ha acompañado durante todo el proyecto, la canción ‘De momento’ de los Aslandtidos. La escuché por primera vez en un taxi boliviano, había pasado con Alex y Sandra, más maestros de vida, unos días de acampada en la selva. Tres días en casa de Erlan, nuestro guía, su casa estaba en cada árbol, en cada piedra, en cada lago, en cada vida animal que encontrábamos en el camino. Mirando la mirada de Erlan descubrías otro mundo, en realidad, el nuestro, pero del que nos hemos ido separando. Y no había reloj, había tiempo, día y noche, sendas, baños, conversaciones y risas en la hoguera... 
Le preguntamos a Erlan: ‘¿Quieres venir a nuestra casa, a la ciudad de Sevilla?, vente con nosotros unos días, nosotros nos encargamos de todo.’ Y nos contestó: ‘ No quiero ir a otro lugar, mi vida está aquí.’ Pero: ‘¿No tienes curiosidad por conocer otros lugares?’.  Y la respuesta fue que los conocía a través del tiempo que pasaba con nosotros, y no tenía interés en visitarlos. 
La canción ‘De momento’ me comentó Alex mientras la escuchábamos, es de la película ‘¿Por qué se frotan las patitas?’. Y ‘¿por qué se frotan las patitas las moscas?’ Para no quedar apagadas en ningún lugar...

jueves, 20 de diciembre de 2012

Sopa de piedras, paso a paso


 Ayer pude ir al útimo encuentro de este año de estudiantes del Obrim del IES Azud de Alfeitamí. Después de una asamblea cuando empezó el curso, decidieron tener como actividad vertebral de su trabajo este año trabajar en una obra de teatro sobre los derechos laborales. Desde entonces, se reúnen los lunes por la tarde en el salón de actos con Encarna, profesora de Filosofía, para preparar la obra y escenificarla este curso, en el centro, en el teatro de Almoradí, y donde se presente. Ayer pude estar con ellos, charlando, dando saltos en el tiempo, hablando de actividades que habíamos hecho el curso anterior, de cómo les va este curso, y cómo no, de la actual situación educativa y laboral, y de cómo vemos nuestro futuro. No sé si escogí esta profesión o me escogió ella a mi, pero me parece un privilegio que mi trabajo haya sido compartir el día a día con jóvenes que están inventándose a sí mismos, con mucho camino que recorrer. Así salí, con las pilas cargadas, y a la vez con un ronroneo de que en todas las conversaciones que tengo últimamente aparece la palabra miedo. Eso me trae un par de anécdotas, del verano que brotó la chispa del Obrim, la necesidad de dar forma a otra manera de ‘cooperar’ en nuestro lugar de origen. 
     El verano de 2008 viajé a Nicaragua con la ONG Escoles Solidaries, entre mis compañeras de viaje estaban tres maestras de vida, Alicia, Bea, y Vero, nudos del Obrim desde el primer momento. Estuvimos un mes viviendo con maestros y maestras del departamento de Boaco, intentando ponernos bajo su piel, y girando la nuestra. Pero esta parte la contaré o la contaréis otro día. Antes de volver a cruzar el Atlántico de vuelta, recorrimos el país, y en una de nuestras aventuras, Jorge, nuestro guía y amigo nica, Inma, Bea y yo nos fuimos a comprar pescado a un pueblo cercano con la camioneta que habíamos alquilado para viajar. En uno de los caminos embarrados por las brisas frecuentes que nos acompañaban todos los días, la camioneta se quedó atascada en un camino que daba a un barranco precioso. Ni cortos ni perezosos, en un lugar donde el tiempo no se mide con relojes, nos fuimos a dar una vuelta a ver si mientras tanto secaba. Dimos con un complejo hotelero todavía sin acabar, cuidado por nicas, pero cuyos propietarios eran 'gringos', así llaman los nicas a los estadounidenses. Allí nos pudimos bañar en su piscina de lujo, debatiendo, como de costumbre sobre las opciones de los turistas en estos países. Nosotras teníamos a Jorge, que siempre escogía la opción local, la de sumergirse en el lugar y sus gentes. Volvimos a la camioneta después del baño, la situación no había mejorado, pero teníamos que seguir, así que pusimos palos en las ruedas y Jorge subió a la camioneta dejando la puerta abierta por si había que saltar. Nosotras, detrás, con un pie dentro y otro fuera de la camioneta por lo mismo, y de la garganta salieron las siguientes palabras: ‘Tengo miedo’, y la respuesta, ‘El miedo no sirve para nada’. La camioneta, con el esfuerzo de los cuatro salió de allí, fuimos a por el pescado, aprendimos a limpiarlo, volvimos a nuestra cabaña a orillas del Pacífico con el resto del grupo y lo cocinamos acompañándolo del mojito que preparó Jorge con ron nica. Dos días después subíamos a un joven volcán, cargando algunos una especie de trineos caseros para poder descender surfeando por la tierra negra. No probé el trineo, bajé resbalando los pies, pero antes miré la pendiente con Vero y Bea, pensando que mejor darse la vuelta y bajar por la senda zigzagueando. Pero, ¿cómo perderse ese momento de dejarse llevar? Y disfrutamos de una bajada que seguro ninguna ha olvidado. 

Convivimos con el miedo. Ahora mismo que nos zambullimos en mares de incertidumbre, recuerdo a Ella, una estudiante de 2ºESO de Almoradí, que en septiembre  de 2011 decoraba las cajas del Obrim que llevarían con la exposición, el cuento cooperativo, los juegos de juegos, el diario de vida y las instrucciones de cuidados durante todo el curso 2011/2012. Preguntaba, ‘¿qué pongo? ¿qué dibujo?’, y le decía, ‘lo que tú quieras’, y me volvía a decir, ‘dímelo tú’, y le volvía a contestar, ‘eres libre de decidir’. Y volvió a salir en la conversación el miedo, porque comentaba que siempre les decimos lo que tienen que hacer, y ahora quería que decidiera ella, y no sabía qué hacer, y tenía miedo de no decidir bien. Se quedó pensando largo rato, y escribió en la caja ‘Trabajar juntos para perder el miedo’. He aprendido muchísimo estos años de experiencia Obrim, de cada estudiante que ha participado, y será imposible nombrarlos a todos, pero así ha sido también esta experiencia, siempre colectiva, impregnada de los retazos de todos. Se puede viajar sin moverse, con cada persona que tenemos cerca, con sus vivencias. A mi Nicaragua, me ayudó a perder el miedo, cuando vuelvo de un viaje pienso en una palabra que exprese un sentimiento que vertebre todos los momentos, y ese verano fue, libertad. Creo que por eso me dio la fuerza para, en septiembre, cuando me volví a encontrar con mis compañeras de viaje, después de crear el poso de los momentos vividos, proponer empezar Obrim una finestra al món.

¿Por qué ese nombre? Otro de los momentos que vivimos Bea, Vero y yo fue compartir una noche con la familia que acogía a Vero. Bea y yo fuimos por la tarde a su comunidad para ir a la escuela con ella y hacer un tallercito de experimentos de laboratorio sin laboratorio. La comunidad nos llevó al río, a darnos un baño termal, agua caldeada por los volcanes. De camino una cotidiana brisa nos hizo refugiarnos en la casa más cercana. Después volvimos a la casa de Vero para preparar una tortilla española. Teníamos lo necesario, aceite, huevos de gallinas felices, papas, una única sartén y leña. Nos pusimos manos a la tortilla, mientras, por el ventanuco de la cocina asomaban las miradas de tres niños curiosos, una foto que se podría haber hecho en ese lugar o en cualquier otro. A nosotras, esa imagen nos decía mucho, ese tiempo compartido nos abrió una ventana al mundo.

 Ese verano, cuando estábamos en Managua, íbamos a un bar revolucionario, Antología Bar, uno de los favoritos de Alicia, y en una de las conversaciones empezamos a hablar del sentido de la ‘cooperación’, un debate interesante. Comentábamos una frase que el Che que dijo en uno de sus viajes a Europa a la gente del ‘viejo continente’, no puedo citarla textualmente, pero la recuerdo así: ‘Vivís en la panza del monstruo, si yo fuera de aquí, me quedaría aquí y daría patadas dentro de la panza’. Y seguimos viviendo dentro de la panza del monstruo capitalista. Como os decía, en septiembre, después de ese viaje y de haber estado el verano anterior en Bolivia, ¿cómo acomodarse? Lo que hacemos aquí sirve aquí y allí, y viceversa, así es el efecto dominó que provocamos, por pequeño que nos pueda parecer. Conocer otras realidades, a raíz de cada uno de nosotros, pero ir más allá, conocer para hacer, hacer para cambiar, paso a paso.





miércoles, 19 de diciembre de 2012

Sopa de piedras, historia colectiva


 Sopa de piedras. Ayer, mientras repasaba momentos de estos últimos años y escuchaba en la radio las noticias, me vino a la cabeza el cuento de una mujer nicaragüense con mucho coraje, Idalia. Cada persona con la que compartes te deja huella, y en realidad esa es la historia del Obrim, la suma de momentos, de personas inquietas con las que compartir. En junio, debajo de la carrasca, me comprometí a contar el Obrim, una historia colectiva, como la historia interminable. Puedo contar una parte, ya que hay muchas piezas del puzzle que no conozco, así que os animo a ir tejiendo relatos, como piezas que además nos pueden acompañar en un momento de cambio como el que estamos viviendo, en el que necesitamos cada día poner en la mochila energía para seguir luchando. No quiero buscar más excusas para aplazar la tarea, así que opto por  escribir cada día un relato, en apariencia desordenado, y por ‘trabajar juntos para perder el miedo’, como hasta ahora. 
     La primera vez que crucé el océano Atlántico, fue para sumergirme en el altiplano boliviano, un lugar árido y frío, pero con gentes cálidas y valientes. El siguiente verano, viajé a Nicaragua, otro lugar de volcanes, y ‘Sopa de piedras’ fue una de las primeras historias que escuché, un cuento popular que se cuenta en muchos lugares del mundo con algunas variaciones. Pensamos que los momentos difíciles unen más a las personas, pero estos días, cuando voy a los centros educativos, no como compañera en plantilla, sino como parte de un grupo de profesores que ha cambiado su trayectoria por los recortes y que está reinventando su trabajo para seguir participando de la educación, me encuentro con respuestas variopintas, en algunos casos agridulces: ‘ya te llamarán’, ‘esto son unos años’. No estoy de acuerdo, los verbos denotan acción, pero algunos verbos como esperar, parar, conformar... me dan la sensación que cada lucha es individual, y que nos protegemos construyéndonos una burbuja. Esas palabras no creo que nos acompañen en los retos que nos hemos propuesto, tenemos que seguir luchando dentro y fuera de los centros por tener la escuela que queremos, la sociedad que queremos, crear una comunidad fuerte, y ¿por qué no? feliz. Y quizá no sea un reto, sea un ‘retazo’, pero hemos repetido muchas veces en la experiencia Obrim: ‘Lo difícil cuesta un poco, lo imposible un poquito más’. Yo la escuché por primera vez, después de oir el cuento ‘Sopa de piedras’. Desde entonces me permito rendirme menos que antes, porque esas palabras salían de un vida llena de dificultades, y su mirada seguía viendo un horizonte lleno de posibilidades, uno de los ingredientes para eso era que su camino no lo iba a recorrer sola. Desde el verano pasado enlazo esas palabras con otras que me dijo una estudiante de magisterio en Argentina: ‘Las palabras crean imágenes’. Mirando atrás, pienso en cuántas experiencias nos ha invitado a descubrir esta imagen de que no había límites, o al menos, no los íbamos a poner nosotros, teníamos que intentarlo. Citaría alguno de esos momentos mágicos, en principio imposibles, que hemos vivido, pero entonces me faltarían muchos, si os parece, los vamos relatando.

   Sopa de piedras

Hubo una vez, hace muchísimos años, un lugar que acababa de pasar por una guerra muy dura. Como ya es sabido, la guerra trae consigo rencores, envidias, muchos problemas, muertos y mucha hambre. La gente no puede sembrar, ni segar, no hay harina, ni pan. Cuando este país acabó la guerra y estaba destrozado, llegó a un pueblecito un soldado agotado, harapiento, y muerto de hambre. Era muy alto y delgado.
Hambriento llegó a una casa, llamó a la puerta y cuando vio a la dueña dijo:
-Señora, ¿no tiene un pedazo de pan para un soldado que viene muerto de hambre de la guerra?.
La mujer le mira de arriba abajo y le responde:
-Pero, ¿estás loco? ¿No sabes que no hay pan, que no tenemos nada? ¡Cómo te atreves!
Y a golpes y a patadas, lo sacó fuera de la casa.
Pobre soldado. Prueba fortuna en una y otra casa, haciendo la misma petición y recibiendo a cambio, peor respuesta y peor trato.
El soldado ya casi desfallecido, no se dio por vencido. Cruzo el pueblo y llego al río. Halló unas cuantas muchachas y les dijo:
-Muchachas, ¿nunca han probado la sopa de piedras que hago?
Ellas se burlaron del diciendo:
-¿Una sopa de piedras? No hay duda de que estás loco.
Pero había unos niños que estaban espiando y se acercaron al soldado cuando se iba decepcionado.
-Soldado, ¿le podemos ayudar?- le preguntaron.
-Claro que sí. Necesito una olla muy grande, un puñado de piedras, agua y leña para hacer fuego.
Rápidamente los niños fueron a buscar lo que el soldado había pedido. Encienden el fuego, ponen la olla, la llenan de agua y echan las piedras. El agua comenzó a hervir.
-¿Podemos probar la sopa?- le preguntaron con impaciencia los niños.
-Calma, calma.
El soldado la probó y dijo:
-¡Qué buena!, pero le falta un poco de sal.
-En mi casa tengo sal-dijo un niño. Y salió corriendo por ella.
La trajo y el soldado la echó en la olla.
Al poco tiempo volvió a probarla y dijo:
-¡Qué rica! Pero le falta un poco de tomate.
Y el niño, que se llamaba Luis, fue a su casa a buscar tomates y los trajo enseguida.
En un momento, los niños fueron trayendo otras cositas: Papas, lechugas, arroz y hasta una pedazo de pollo.
La olla se llenó. El soldado la revolvió varias veces. De nuevo la probó y dijo:
-Vayan, avisen al pueblo que vengan a comer. Hay para todos. ¡Que traigan platos y cucharas!.
Repartió la sopa. Se sentó todo el pueblo a disfrutar de la espléndida comida, sintiéndose extrañamente felices de compartir el alimento. Y aquel hombre extraño desapareció, dejándoles la milagrosa piedra, que podrían usar siempre que quisieran para hacer la más deliciosa sopa del mundo. 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Sopa de piedras. Contagiad@s


No sabría decir cómo sucedió. ¿Quién me contagió? En realidad, poco importaba. Compartir con personas tan especiales momentos de mi vida había puesto en crisis muchísimas cosas en mi interior, había traspasado mi piel. La inquietud, estoy segura, existía desde siempre, estaba latente, sólo necesitaba un detonante para que los cambios se aceleraran. Hubo muchos momentos antes de tener la idea que tuvieron que ver con ella, que son parte de ella. Mientras escribo esto, recuerdo tantos momentos... al niño minero en Potosí que empujaba un carro lleno de mineral, escuchar a Erlan hablar sobre su selva, caminar con Marta por un camino embarrado de Nicaragua durante una hora para llegar a su escuela... vivencias tatuadas en cada una de mis células que las impregnaron de emociones.
En mi interior se estaba produciendo una transformación, una revolución, los síntomas aumentaban, las sensaciones que experimentaba creaban conflicto, me despertaban más necesidad de investigar otras realidades, interpretarlas, empatizar con ellas y enredarlas con la mía. Así empezó mi lucha con el virus, o más bien, mi conexión con él. Lo interioricé, y quería transmitirlo, comunicarlo. Contar mis inquietudes sirvió para darles forma, mis amigos se iban contagiando. Además, el virus tenía un efecto distinto en cada uno de ellos, tenía la capacidad de mutar, acoplarse de forma diferente en cada uno de nosotr@s, buscaba distintos canales para relacionarse con su entorno. Pasó todas las barreras, en realidad, creo que formaba parte de nosotros, sólo lo activamos. Fue muy gratificante, dábamos forma a nuestras ideas, comunicándonos, creando, y así nos fuimos enredando y enredando, y seguimos enredándonos. El virus formaba parte de nuestras vidas, por lo que íbamos contagiando, con nuestra pasión, a más y más personas. Y así, nuestras ideas, convertidas en experiencia educativa empezaron a tomar forma con el nombre de Obrim una finestra al món.
L@s que somos docentes introducimos el virus en nuestras escuelas, teníamos que integrar en la comunidad educativa nuestra idea, transmitir lo que nos preocupaba y así todos juntos seguir investigando nuestra realidad para transformarla. El virus había abierto nuestra ansia de aprender un@s de otr@s, el Obrim se planteaba con una metodología, no nueva, pero sí distinta para much@s de nosotr@s, una metodología que cambiaba nuestra manera de interactuar con nuestr@s alumn@s, donde tod@s podíamos crecer personalmente. Sin darnos cuenta estábamos probando otra forma de aprender, de trabajar, de comunicarnos, de relacionarnos entre nosotr@s y con nuestr@s alumn@s, aprender investigando. Los compañer@s, al vernos, escucharnos, no tardaban en interesarse, se contagiaban rápido, querían saber más sobre nuestro trabajo. Abrimos un diálogo en los centros y entre nosotr@s, dejamos que dentro de nosotr@s surgieran las dudas, y nos dimos la oportunidad de experimentar en nuestra práctica diaria, de buscar en el conflicto lo positivo, de cambiar.
Recuerdo la primera vez que expliqué el Obrim en clase, lo contaba como la historia interminable, una historia con muchas pequeñas historias deseosas de que les diéramos forma, de que las contáramos, muchas ideas que iríamos hilando entre tod@s para tejer una telaraña. Ese día éramos quince personas en el aula, mis alumn@s me conocían sólo desde hacía diez días. Las palabras brotaban rápidamente por mi garganta, estaba bajo el influjo del virus, incluso iba enlazándolas conforme las iba pronunciando, o diría más, cuando las palabras estaban en el aire, ellas formaban la historia según la interpretación de quien las estaba escuchando, y ayudadas de las sensaciones que estaban despertando. El virus se retroalimentaba, porque ese día, cuando vi la ilusión en los ojos de mis alumn@s por participar de una experiencia, que en realidad tenían que construir ellos mismos, me di cuenta que no podíamos parar. Los alumn@s fueron y son el motor del Obrim, la energía que ha seguido impulsando la experiencia, que le ha dado oportunidades al virus para seguir con vida, para seguir utilizando la maquinaria de nuestras células. Me gusta pensar en los puntos de encuentro que hemos tenido docentes y alumn@s, nos han preocupado e ilusionado las mismas cosas, nuestras realidades, nuestras vidas. Y mis compañer@s han tenido sensaciones similares, con esta experiencia educativa hemos caminado juntos, docentes y alumn@s, planteándonos dudas, investigándolas, proponiendo actividades... y mimando nuestro blog. El virus está en la red, el blog es nuestro vehículo de comunicación, cualquiera puede llegar hasta él, incluso de forma casual, y contagiarse, y seguir contagiando, y así el virus sigue mutando de forma no aleatoria, integrándose en distintas personas que le darán un sentido, respondiendo a cambios ambientales que lo harán evolucionar.
La telaraña que formamos es multicolor, somos de todas las edades, somos distintos, somos iguales, somos, y la hemos ido manteniendo entre tod@s, si un hilo se aflojaba, otro se tensaba, de modo que ha sido fácil gracias la influencia del virus cooperativo. Y así ha sido el Obrim, hemos diversificado caminos, pero a la vez, hemos buscado la forma de encontrarnos para poder reflexionar sobre todas las mutaciones que estaban viviendo nuestras ideas. Hemos compartido propuestas, trabajo, conversaciones, llantos, ilusiones, conflictos, emociones, risas, magia, tiempo, vida... Por ahora, los efectos del virus son permanentes, vive en nosotros, sigue retroalimentándose, sigue evolucionando, nos seguimos enredando.
Jose Indraya


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